Habitan aquí los nocuentos y las deshistorias en los que Qamar se enreda en tules azules y arrebolados, donde deja volar su fantasía y el credo de su ilusión. Aventuras en letras prendidas sobre un infinito de colores para acercarse a vuestro corazón e iluminar vuestra alma con la maravillosa y curiosa ingenuidad de una niña que late en lo profundo de su ser.

Soy Qamar cuando vuelo en mi carro tirado por mágicos suspiros que se arremolinan tímidos en la luz de vuestra mirada.

Te escribo a ti con agradecimiento ya que has llegado hasta aquí y tu niño o niña interior ha dado un brinco y sonreído, y ha abierto sus alas de verdad descubriendo la sabiduría de su corazón.
Mi yo niña se siente contenta. Y, desde estas letras, te dibujo una caracola a la que puedes subir con toda la ilusión del mundo y viajar por este Universo Azul curioso y onírico, lleno de fantasía y realidad.
Bienvenido, bienvenida a bordo. Disfruta del viaje porque, ya sabes, que soñar es volar.
ɱâğ
[ɱâğade Qaɱar]

26 de febrero de 2021

La carrasca milenaria

Ratón se había levantado cansado. Tenía mucho por hacer y pocas ganas para sacar la faena. Si había que encontrar una excusa, ese día era el perfecto para hallarlas todas, lo malo es que no le servían a sí mismo pues sí él no hacia las cosas, nadie más se las haría.
Desde su mullida butaca miraba a su alrededor. Con las manos sobre la barriga, movía los índices en círculo, como si se persiguieran el uno al otro. Suspiraba igual que un enamorado y no veía por dónde empezar.  Resoplaba una y otra vez y entornaba la mirada como si al abrir los ojos se hubiera obrado la magia.
«¡¡Bufff...!!»

Imagen de la red

«Tendré que hacer algo...», pensó, «o esto no tiene visos de solucionarse». Con toda la galbana del mundo, se puso en pie y empezó a hacer hasta que alguien llamó a la puerta y le interrumpió en su quehacer. Lo cierto es que no le apetecía que lo vieran lidiando con todo aquello pero... se acercó a abrir. Eran dos pequeños vecinos con ganas de jugar y que le traían, entusiasmados, un tesoro en su remolque del que tiraban por una cuerda. 

—¿Qué lleváis ahí? —preguntó.
—¡Un tesoro!, y es un regalo para ti — respondió el más pequeño sin esperar a más para entrar— . ¡Vaya! Parece que esto está muy revuelto.
—No le hagas caso, Ratón, ya sabes que Timba no mide nunca las palabras.
—Sí, es muy sincero.
—¿Te pasa algo, Ratón?
—Estoy cansado y no tengo ganas de trabajar, ¿qué te parece?
—No sé... Te podemos ayudar, así acabarías antes.
—¡Síiiiiiii! —exclamó Timba con entusiasmo. Ratón respiró profundamente. Güiro, que también tenía nombre relacionado con la música, de hecho su padre era un gran concertista, se encogió de hombros sin decir más. Ambos sabían que Timba era todo intención pero un auténtico desastre. Si se trataba de limpiar, lo más fácil es que hubiera que repasar detrás, y si se trataba de recoger, había que reorganizarlo todo de nuevo. Eso sí, a bien intencionado no le ganaba nadie. Le ponía corazón.
—Mejor lo hago yo con calma. No hay prisa. ¿Qué es ese tesoro que traéis para mí? —dijo para distraer a Güiro que si también tenía otra cosa era el ser insistente. No dudó este en abrir el saquito de arpillera y dejar caer sobre el suelo el contenido: Cuatro hermosas y fantásticas bellotas—. ¿Bellotas?
—¿No te gustan? ¡Son preciosas!
—Sí, lo son. Pero los ratones no comemos bellotas.
—¡Ya lo sé, hombre! —exclamó Timba, abriendo sus brazos como diciendo que aquello era más que evidente.
—Hemos pensado que podríamos plantarlas entre los tres en el jardín. Así, al verano que viene podremos tener sombra.
—Tanto como sombra, Timba. Tendrá que pasar un poco más pero con el tiempo saldrá una maravillosa encima porque estas son semillas de encina. Son árboles que llevan con nosotros miles de años. ¿Sabéis que han sido siempre consideradas como sagradas?
—¿Eso que significa? —preguntó Güiro. Era el intelectual y práctico, el curioso, el que tenía sed de aprender. Timba era el inocente, el creativo, el de vivir en mundos imaginarios, el de hacer todas las historias suyas.

Imagen de la red

Ratón se dio cuenta de que las tareas debían terminar ahí —si es que alguna vez empezaron—, que ahora los dos pequeños ratoncillos requerían su atención y no se irían de ahí sin saber algo más sobre lo que les acababa de contar. Preparó un poco de limonada y unas bolitas de queso salado crujiente. Dejó que se acomodarán en su butaca y él tomó asiento en el escabel, frente a ellos.

—Veréis —comenzó—, hubo un pueblo, muy muy antiguo, cuyos habitantes se llamaban celtas. Ellos creían en la magia y amaban la luna, el sol, la lluvia, el viento..., la naturaleza, las plantas, de las que sacaban ungüentos que curaban pero, eso es para otra historia. Ahora volvamos al tema que nos ocupa. Este pueblo creía que las encinas eran mensajeras de los dioses, que a través de ellas les llegaban sus dádivas y bondades y por eso empezaron a adorarlas...
—¿Qué son las dádivas? —interrumpió Güiro.
—Regalos, presentes, dones... ¿Sigo? —asintieron, y continuó—: Hubo otro pueblo, el de los griegos, que ya habéis estudiado en clase de Historia. Ellos también celebraban sus reuniones bajo una encina. Ahí tomaban las decisiones más importantes. Otros pueblos, a lo largo del tiempo, hicieron lo mismo: se cerraban tratos, se concertaban bodas, asuntos de tierras... ¡Fijaos si era tan importante el papel de la encina, que cuando se trababa de temas que concernían a dos o más lugares diferentes, se elegía siempre la encina más grande situada en medio del camino que las separaba. Y si el tema era importante, importantísimo, súper importante... se elegía la más famosa del lugar.

Timba empezó a poner caras y a no encontrar acomodo en la butaca. Aquello ya se salía un poco de lo que él consideraba divertido. Güiro, en cambio, escuchaba con tanta atención que apenas pestañeaba.

—Os contaré otra historia pero prometedme que no os dará miedo.
—¿Nos vas a contar una historia de fantasmas? —preguntó Timba dando un salto. Aquello ya se ponía interesante a su parecer.
—Es una leyenda pero prestar atención. Os gustará —dijo antes de tomar un sorbo de limonada. Y prosiguió—: Hace mucho tiempo, muy lejos de aquí, había un lugar donde exintían grandes, profundos y misteriosos bosques de encinas y robles, que son árboles muy parecidos. En él vivían en armonía lobos, osos, ciervos y muchos más animales pero.... —hizo pausa y cambió la voz para dar un poco más de teatralidad a la historia— también brujas —acentuó—, brujas malas que atemorizaban a las gentes...

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—¿Con verrugas, escobas y todo eso, Ratón? — intervino Güiro.
—¿Qué quieres que te diga? Eso no lo sé pero eran malas...
—¡No interrumpas, hermano! Sigue, Ratón...
—Estas brujas causaban toda serie de desgracias y males a las personas y a los animales o les mandaban tormentas horribles, vientos malos y toda una serie de cosas que asolaban el lugar. Para ellas era un divertimento. Sin embargo, las encinas  y demás árboles del bosque estaban contentos...
—¿¡Contentos con tantas cosas malas?! —interrumpió Güiro de nuevo.
—¡Ssshhh...!
—¡Claro, Güiro!, ¿sabes por qué? —negó—. Porque, como todo el mundo tenía miedo, no se atrevía nadie a entrar en el bosque para hacer leña y tampoco dejaban que el ganado se acercara. Sin embargo, una de ellas, una joven encina, no veía aquello correcto, ni medio bien. La gente del pueblo no merecía tales castigos. Ella sentía pena por ellas, le gustaba ver a los niños jugar en los márgenes, a vecinos recoger setas y, aunque algún árbol tuviera que ser talado, comprendía que tenían que hacer fuego para preparar la comida y calentarse. Así que se se opuso a todos los demás árboles y se negó en rotundo a que las brujas se refugiaran en sus ramas.
—¡Y las brujas se vengaron! —pensó Timba en voz alta— . Como si no lo supiera yo.
—El caso es que esta actitud de la joven encina no era del agrado de los demás árboles del bosque y había muchos dirimesy dirites  entre unos y otra. Aquellos altercados llegaron a oídos de las brujas. Y así, como por sorpresa, decidieron que se iban a otro bosque.
—Entonces, ¿estaban de acuerdo con la encina joven? No eran tan malas —expresó Timba.
—¡Timba, no seas ingenuo! Si son brujas malas, son brujas malas siempre —intervino su hermano. Timba le bufó como un gato.
—Lo cierto es que estaban agradecidas a los demás árboles por su apoyo pero eso no significa que hubiera bondad en ellas. Güiro tiene algo de razón. Antes de marcharse prometieron a los árboles concederles el deseo que quisieran. 
—¡Oh! —exclamó Timba pensando que aquello no sera muy bueno. Ratón afirmó con la cabeza.
—Como pasa con los humanos, había árboles presumidos, arrogantes, sencillos, callados, traviesos... Unos querían ser ricos y que sus ramas fueran de oro. Otros deseaban que sus hojas desprendieran magníficos aromas que inundarán todo el bosque y la mayoría pidieron que sus hojas fuesen brillantes y de cristal.
—¡Qué tontos! El cristal se rompe. Se iban a quedar sin hojas. —Ratón asintió—.Y los que pidieran hojas de rojo romperían sus ramas —argumentó Güiro.
—¿Y qué paso con la encina que protestó?

Obra de Jacek Yerka

—Ella fue la única que no pidió nada. Quería seguir siendo cómo era. Una sencilla y bonita encina, que ofreciera sus frutos para alimentar a los animales y proporcionar recursos a los hombres.
—¿Y las brujas?, me imagino que no se irían de rositas —comentó Güiro—. Por algo eran brujas malas.
—Efectivamente, Güiro, no se fueron así como así. Según cuenta la leyenda, unos días más tarde, después de su marcha, se desató una impresionante tormenta: Viento, lluvia..., granizo... Hubo de todo —respondió, mientras Timba, más impresionable que su hermano, se llevaba las manitas al pecho y abría la boca entre asombrado y asustado—. Todo el bosque sufrió las consecuencias. Ya os podéis imaginar que los árboles que tenían sus hojas de cristal, las perdieron. Y con semejante castigo acabaron muriendo. Como ya no estaban las brujas, la gente del pueblo ya no tenía miedo de acudir al bosque por lo que los pastores dejaron que sus rebaños de ovejas y cabras se alimentarán de la hierba y ramas tiernas, y aquellas que olían tan bien fueron las primeras que se comieron.
—¡Se quedaron pelados! ¿Y qué pasó con los que tenían oro? Supongo que los hombres las cogerían para poder venderlo y obtener dinero.
—¡Güiro, eres un aguafiestas! ¿Por qué no te callas y dejas que Ratón siga la historia?
—Perdone usted. Ya me callo. Sigue, Ratón, por favor. Disculpa.
—No solo la gente del pueblo. La voz corrió tan rápida como la luz por lo que también llegaron ladrones y maleantes que se hicieron con ellas y dejaron los árboles destrozados. no se conformaban con coger las hojas sino que para alcanzarlas, los talaban de mala manera. Al final, también fueron muriéndose al no poder recuperarse.
—¿Y qué pasó con nuestra encina?
—Estaba muy triste. Se había ido quedando sola. No comprendía la maldad de los seres humanos. No entendía que no pudiese haber concordia entre el bosque y sus habitantes y los hombres...
—¿Qué es concordia? —intervino de nuevo Güiro. Su hermano resopló al tiempo que negaba con la cabeza.
—Es armonía, vivir en paz, todo juntos, sin problemas...
—¡Ahhhh! Gracias, Ratón. Sigue, por favor.
— Como decía, la encina sabía que el ganado debía alimentarse pero los animales son listos y no destrozan más allá de lo que precisan. Es una cadena que se regenera por su propia naturaleza.... ¡Regenerar es que todo se revive! —se adelantó Ratón a aclarar—, se arregla. Ella aguantó valientemente. Los habitantes del pueblo procuraron que nadie la hiciera daño. Ella, correspondiendo a ese cuidado y cariño, creció y dio frutos que echaron raíces y de estas nacieron más encinas hasta que el bosque, sin tener el esplendor de antaño, se fue recuperando. Han pasado cientos de años y sigue ahí todavía. Hermosa como el primer día.
—¡Menos mal! ¿Y dónde está esa encima?
—En un lugar maravilloso. Está en un sitio lejano, en un Reino donde hay cientos de castillos, montañas maravillosas, ríos caudalosos, paisajes maravillosos... ¿Y sabéis cómo llaman a la encina?
—¿Cómo? —preguntaron al unísono.
Carrasca.
—¡Qué bonito!
—¡Vamos a visitar a la Dama del Árbol, en el Bosque Imaginado! Ella nos la mostrará en un libro enorme que tiene y nos dirá más cosas.
—¡¡¡Síiiii!!!
—¡Coged la cesta! Plantaremos las bellotas en el bosque y la usaremos para guardar setas... si encontramos por el camino. Se las llevaremos a la Dama, le encantan.



Esta historia se remite a la leyenda de la carrasca de Lecina. Si picáis podéis  conocerla y descubrir la zona en la que ha crecido durante un milenio o más... Yo solo me he permitido el descaro de escenificarla en un cuento.  En la misma página, veréis que podéis votar por ella en el concurso del Árbol Europeo al que ha llegado tras ser elegida el año pasado como el mejor ejemplar de España. ¡¡Va la primera!!, y es nuestra, así que os convido a dar vuestro voto. ¡Daos prisa porque el tiempo se acaba este mismo domingo! ¡Yo ya lo he lanzado!

13 de febrero de 2021

Impulso

Sintió que el mundo se le estaba quedando pequeño, que sus pies pesaban demasiado a ras del suelo, que sus pensamientos deseaban volar más alto que las estrellas... Y como si se tratara de un impulso, amarró, cual aerostato, su universo azul, ese que le gritaba desde dentro que abriera sus alas, y emprendió viaje, iluminado por el aleteo de su corazón, hacia el infinito más allá de donde su alma nacía, hacía ese lugar que la atraía como el magnetismo de un imán.

(84 palabras)

Arte de Lucy Campbell


Objeto: Imán
"Escribir Jugando" es un reto mensual de escritura creativa.. Lo organiza la escritora Lidia Castro Navas desde su blog y consiste en microrrelatos o poesías con límite de 100 palabras inspirándonos en una carta propuesta y el dado que la acompaña. 

Reto opcional: Que aparezca en la historia la palabra aerostato.