17 de marzo de 2017

Ratón y la grulla Rafaela

Fotografía de la red

El cielo estaba arrebolado y las grullas se alejaban dibujando adioses con sus alas.  Parecían escribir en el cielo ciento y una letras tergiversadas. Ratón observaba desde su ventana mientras comía una bolita de anís. Le encantan estas bonitas. Las mueve en su boca, se relame los bigotes, se chupetea los dedos y suspira cuando la bolita se ha disuelto por completo.

Suspiró. No podía comer más azúcar por ese día. No quería que esas dos preciosas palas que asomaban bajo su labio superior sufrieran daño alguno. Siguió observando las que seguían distanciándose en el horizonte como escuadrones que danzaban en pareidolias. Sonrió, y volvió a suspirar. Pensaba que casi podrían acariciar a Qamar y besar con  las  puntas de sus plumas aquella carita blanca que él guardaba en los espejos de su corazón.

Tan ensimismado andaba en sus pensamientos y suspiros que cuando aquella grulla se paró de forma estrepitosa frente a su ventana, dio un respingo tan grande que voló sobre sí mismo dando con sus cuartos traseros en el suelo.

Grulla, ilustración de Tino Gatagán

- Pero, ¿quién te crees que eres para aparecer así ante mi ventana? ¡Vaya susto!
- Una grulla blanca. ¿No lo ves?  No puedo volar y seguir a mi familia.

Ratón se sobrepuso de semejante contrariedad. El corazón poco a poco fue cogiendo su ritmo normal. Se sacudió la culera y se acercó a la ventana. La grulla parecía triste tanto por el tono de su graznido como por el aspecto que aparentaba pero de lo que no tenía duda Ratón era de la altivez escandalosa visita. ¡Vaya forma de responder!, se dijo Ratón. Y yo un ratón azul. ¡No te fastidia!

- ¿Qué te ocurre? -le preguntó.
- Me he herido en un ala. ¿Sabes? Soy instructora de artes marciales pero hasta a los mejores les ocurren accidentes.

Ratón la observó con perplejidad. No sabía si eso lo decía con ironía o con pleno convencimiento. Le habían hablado del carácter de las grullas y no había hecho muy buenas migas con ellas. Más bien ninguna.

- Comprendo. ¿Quieres pasar y descansar? Ya no veo a tu familia –dijo levantando la vista por encima del ave.
- No quiero molestarte pero me vendrá bien un poco de agua y comida en buena compañía.

¡Qué descaro!, pensó Ratón. Lógico que iba a acogerla en casa y que no iba dejar que solo descansara. Le parecía un poco echada hacia adelante y de pronto pensó si había sido buena idea ofrecer su hospitalidad. Pero ya estaba hecho. La dejó pasar a “su guarida” y ella, ni corta ni perezosa, se acomodó en el mullido sofá. Su lugar favorito. La vio poner las patas sobre el escabel y abrir las alas a ambos lados, como si no hubiera nadie más. ¡Qué poca educación!, rumió para sus adentros. Estaba empezando a dudar si era cierto lo de su lesión, y, si de ser verdad, realmente le impedía tanto.

- ¿Y cómo te llamas?
- Rafaela. ¿Y tú?
- Ratón.
- ¿Ratón? ¡Eso no es un nombre!
- Es un nombre tan bueno como otro cualquiera –protestó sin querer parecer airado-. ¿Cómo es que no te han esperado? ¿No pueden volar más despacio?
- Ellas van a su aire.

Ratón le preparó algo que pudiera comer y un poco de agua para calmar su sed. La grulla no dejaba de hablar y, de mucho en mucho, en ese tono altanero que a él tanto le molestaba. Bla…, bla…, bla… Y empezó a sospechar que, ciertamente, si se había quedado rezagada era porque no la aguantaban. Al rato, Ratón ya estaba cansado de oírla porque escucharla, ya hacía tiempo que había dejado de hacerlo.

- … En fin, eso es todo. Ya ves, la vida es así. Unas veces ganas y otras pierdes pero yo no juego nunca para perder. Y tú, ¿qué haces en la vida?
- Observo el mundo y aprendo todo lo que puedo.
- Y eso,  ¿a dónde te lleva?
- Donde quiero.
- Pero no puedes como puedo ir yo…
- ¿Lo dices porqué tienes alas?
- Eso es.
- Te equivocas… Puedo volar, puedo ir sobre el agua y puedo meterme en cualquier sitio, en cualquier medio de transporte y, sobre todo, tengo curiosidad y respeto para escuchar las historias que me cuenta mi querida Qamar con quien puedo viajar a donde sea, exista o no.
- ¿Quién?
- Mi luna. Mi luna Qamar. ¿Tienes tú una luna?
- No. Solo conozco a la que brilla en el cielo pero no me dice gran cosa. Cuando sale es que tengo que irme a dormir.

Ratón sonrío para sus adentros. El tono de Rafaela fue un poco más mohíno, como que aquello que le estaba contando el ratón era como poco creíble pero Ratón no cayó en su juego. Simplemente, dejó que rumiara su vanidad mientras un halo plateado parecía abrazarle desde el otro lado del cristal de la ventana. El mismo rayo de luna que dejaba al descubierto el interior de la grulla.

Ilustración de Rafał Olbiński

20 de febrero de 2017

Chácharas qamaratunas a la luz de la luna

Ratón salió a pasear aquella noche y, caminando, llegó a su árbol desde cuyas alturas observaba el cielo y sus millares de lucecitas tintineantes, que con sus ojos no alcanzaba a abarcar. Observatorio estelar lo llama él.

Qamar estaba un poquito más allá. Algo tímida, asomándose casi como a regañadientes, en ese cuarto menos mitad en el que una vez al mes se envolvía. Quería que su amigo disfrutara del gran espectáculo estelar, que conjugara sus sueños y viviera alguna bonita aventura entre ellas.

- ¡Lunita! ¡Lunita!  -llamó Ratón al darse cuenta de su presencia.- ¡Ven, no te escondas! ¡Ven!

Qamar vio aquella carita tan tierna que se conmovió.  Sonrió, sintiendo que su soledad era menos cuando él estaba ahí.

Imagen de la red

- No puedo acercarme más, Ratón… pero te veo desde aquí… ¿Ves las estrellas? Están muy bonitas esta noche.
- ¡Tú si qué eres bonita, Lunita mía! Aquí soy feliz. ¿Eres feliz? –Y Qamar tardó en responder.- ¿No eres feliz?
- Sí lo soy, Ratón, pero la felicidad es algo muy relativo y personal. Ahora soy feliz pues te veo pero no soy feliz del todo pues no puedo estar más cerca de ti. Y veo el resto del mundo y veo tantas cosas que podrían ser bonitas y no lo son que me duele y entristece.
- Pero, Qamar, tú no puedes hacer todo. Cada uno tiene que hacer su papel. Yo, ¿ves? Soy un ratón curioso que desde pequeñito he jugado a descubrir el mundo, este universo que me rodea… y esa curiosidad me llevó a conocerte a ti…y, desde ese día, soy mucho más feliz. - Eres muy dulce, Ratón… pero yo soy muy anciana y mis ojos han visto tantas cosas… Este universo mío es tan grande…
- ¡No pienses! ¿Y sabes qué es lo que deseo?
-Dime… ¿qué deseas?
- Solo deseo llegar a viejo… y voy camino de ello. Y al acabar el día, mirarte, verte y decir: ¡Ha merecido la pena! ¿Qué deseabas tú de pequeña, Qamar?
- Yo nunca fui pequeña... pero he visto muchos sueños realizados en otros, sueños que me hubiera gustado tener a mí y, en cierto modo, a través de los demás voy cumpliéndolos. Pero, fíjate, me hubiera gustado ser veterinaria y curar a los bichitos... o  arquitecta y construir casas. En cambio, curo mucho males y produzco locuras... Sé de mil secretos y soy parte de los sueños de muchas personas y, sin darse cuenta, formo parte de sus vidas, de noche y de día.
- Entonces -dijo Ratón-, ¿qué te parece si viajamos por la imaginación? Yo te digo cosas que busco y tú me dices cosas que has visto. Y entre los dos, vemos aquellas que pueden tener más relación.

Desde aquel día, la Luna Qamar y el Ratón viajan por la imaginación buscando y viendo cosas, sueños, imágenes, paisajes,,... y cuando hay una mínima relación entre ellos, salen historias como estas.


"Shiva", ilustración de Heather Elder en la que refleja el ciclo de la vida.

8 de febrero de 2017

El gatipavo del sauce llorón

Más que harto estaba Perico, el gato, de la vanidad de Bartolo, el pavo; y cansado el pavo de la parsimonia del gato. Se soportaban por pura rutina y porque, en realidad, no podían estar el uno sin el otro aunque eso, ninguno de los dos sería capaz de reconocerlo alguna vez.

- Ojalá fueras yo para saber lo pesado que resultas y lo insoportable que eres con esa vanidad tuya y ese chillido de gato al que le han pisado la cola. ¡¡Resultas ridículo!!

Decía el gato con cierto retintín levantando la cola y andando con altanería.

- Ojalá fueras yo para que supieras lo agotador que es aguantarte todo el santo día y, así, te dieras cuenta de que la vida no es solo comer y dormir.

Decía el pavo sacando pecho para luego abrir el hermoso abanico de su cola.

"Pavo real", obra de Almudena López Olego

Pero quien en realidad estaba agotada de escuchar la misma música  todos los días, de tener que intermediar entre ambos, era la hechicera Macaria. La tenían agotada así que pensó en una solución.
Los reunió a los dos bajo el limonero, a media tarde.

- Estoy cansada de vosotros. Sois unos egoístas que solo pensáis en vosotros mismos, unos egocéntricos porque pensáis que el mundo gira entorno a los dos... pero, ¿sabéis que os digo? Que estoy harta y esto se va a acabar. He tomado una determinación.
- No es para tanto -protestó el pavo.- En el fondo nos apreciamos.
- Muy en el fondo pero, es verdad, no es para tanto. ¿Y qué has pensado, maga? -preguntó el gato con su habitual curiosidad.
-Lo sabréis a su debido momento. De inicio, quiero que estéis esta media noche en la orilla derecha del estanque, ahí, bajo el sauce llorón. 
- ¿Y después? -preguntó el gato.
- ¿Después? Esperaréis el tiempo que sea necesario hasta que yo aparezca.
- ¿Y luego?
- ¿Quieres callarte de una vez? -inquirió el pavo.
- Os lo repito. Sed puntuales. A media noche bajo el sauce llorón -recordó la hechicera antes de desaparecer ante sus ojos.

Se miraron el uno al otro. El gato bufó al pavo, y este hizo ademán de picarle. Luego, cada uno se dio la vuelta y caminaron en direcciones contrarias.

Gato azul. Imagen de la red.

- ¿Iremos juntos? -preguntó el gato Perico, deteniéndose un momento para mirar al pavo.
- ¿Te vas a perder?
- No, pero ya que vamos...
- Te espero aquí un rato antes... y no te esperaré si llegas tarde -respondió el pavo Bartolo, antes de lanzar uno de aquellos trompeteos que se clavaban como puñales en los oídos.

Poco antes de media noche, el pavo esperaba con cierta impaciencia al gato. No le apetecía ir solo hasta el estanque. Perico apareció poco después atravesando el jardín en una carrera. Bartolo le recriminó la inexistente tardanza, pues no habían quedado a ninguna hora pero su sino era el incordiarse el uno al otro, y cualquier excusa era buena si producía el efecto esperado.

Los dos se encaminaron hacia el lugar citado. Un hermosa media luna lucía en medio el cielo, de un bello y especial azul oscuro, con mil estrellas salpicándolo... Aguardaron pacientemente bajo el sauce. Extrañamente, estaban callados. Bartolo, recostado sobre sus patas. Perico, sentado sobre sus cuartos traseros. Ambos pendientes de cada uno de los sonidos que les rodeaban: el croar de las ranas, el canto de unas chicharras que parecían evocar a la lluvia, y de las ramas del sauce que suavemente se mecían con el ligero viento que se había levantado, calmando el calor de esa noche.

Pasaban las horas y la hechicera Macaria no aparecía. Ambos se durmieron y tuvieron extraños sueños en los que se sentían un poco desubicados, como si uno fuera el otro pero no lo terminaran de ver. Bartolo sentía esa extraña acción de rascarse y lamerse... Perico, que subía a los árboles de forma diferente, que no trepaba y que ya no se estiraba las uñas en el tronco. Con ese desasosiego, despertaron pero aquella magia no era como se esperaba.

Perico tenía dos pensamientos: El suyo propio y su otro "yo".
No había Bartolo... Era un pavo diferente, con instintos distintos.

Una fuerza o una energía les hizo acercarse hasta la orilla del estanque. En el espejo de aquel agua cristalina se vieron. Quedaron impresionados.
Bartolo estaba en Perico...Perico, en Bartolo.
Eran dos seres en uno, dos personalidades mágicamente unidas para, irremediablemente, entenderse; y debían aprender a ser el otro sin dejar de ser uno mismo...

¿Hasta cuándo? Hasta que lo comprendieran.

Hybrid Peacock Cat de Michelle Spalding

16 de enero de 2017

Ilunga

Es una de esas palabras raras que tienen un completo significado, un sin fin de acciones. Este es el caso de Ilunga. Palabra bantú, de la etnia Baluba de África, que habita una zona en lo que hoy es la República del Congo y el noroeste de Zambia, y cuyo sentido es una auténtica retahíla de intenciones y, si nos paramos a pensar, un estupenda estrategia.

Nos viene a definir a una persona preparada para perdonar una primera vez, que tolera una segunda  pero no va a consentir una tercera.
Tod@s tenemos un límite para ser tont@s.

Creo que tod@s tenemos algo de ilunga.

Obra de Víctor Safonkin