Anoche sembré un sueño en el jardín.
Esta mañana había crecido una escalera.
No sé adónde lleva,
pero huele a cielo…
y a gloria.
Al principio dudé. No por miedo, sino por ese temblor leve que tienen las cosas que importan. La primera madera crujió bajo mis pies como si despertara conmigo, y el aire empezó a volverse más claro a cada peldaño.
No había prisa. Cada paso era una pregunta sin respuesta, y, sin embargo, todo parecía saber a dónde iba. A mitad de camino, miré hacia abajo: el jardín ya no era jardín, sino un recuerdo verde que respiraba despacio.
Seguí subiendo. Y entonces lo entendí:
La escalera no llevaba a ningún lugar.
La escalera era el lugar.
Porque en cada peldaño dejaba algo que pesaba, y en cada altura nacía algo que aún no sabía nombrar.
Cuando llegué arriba —si es que había un arriba—, no encontré puertas ni cielos abiertos, solo una luz tibia que me reconocía.
Y supe, sin necesidad de palabras, que hay sueños que no se cumplen:
se habitan.
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| La luna, la liebre y el mirlo / Amanda Clark |
