(o el arte de no creer del todo)
Zango era larguirucho, como una espiga sin trigo, y Lotino caminaba como un calcetín sin su par. Iban siempre juntos, como la risa y el tropiezo. Decían que venían del pueblo de Las Manías Lentas, donde todo se hacía tarde y mal, pero con una gracia que nadie podía imitar.
—¡Camina recto, Zango! —decía Lotino—. Pareces un junco que quiere ser flamenco.
—Y tú, Lotino, de tanto hacer reverencias, un día te vas a quedar doblao.
Eran inseparables. A veces fingían ser señores importantes con sombrero imaginario, o filósofos de charco, dando discursos a los gorriones. Pero no podían engañar a nadie: eran dos zangolotinos de libro.
Les gustaba subirse a los bancos de la plaza y recitar poemas sin rima, perseguir sombras creyendo que eran secretos y preguntarle a la luna si se podía aprender a ser adulto sin dejar de ser niño.
Una tarde, de esas locas suyas, cuando el sol empieza a ponerse y la luna remenea su falda de tules, el viento los vio tropezar con un suspiro. Les mandó un buen soplido que los envolvió de risa, los revolcó por el suelo como si fueran un par de estepircusores y les susurró:
—No hay prisa por crecer si sabéis bailar con el desatino.
Y desde entonces, a quien veas haciendo tonterías con elegancia, riendo sin medida o jugando con palabras inventadas, di con ternura:
—Buah… a otro que le ha dado un aire.
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| Personajes y perro delante del sol / 1949 / Joan Miró (tapiz) |
Zangolotino es una palabra que no avisa, y la mar de molona. Aparece cuando alguien anda un poco torcido, ríe donde no toca o se empeña en crecer sin dejar de tropezar. Tiene algo juguetón y un punto de desequilibrio, como si al decirla también se te fuera el pie.
No es exactamente un insulto, ni una etiqueta, ni una edad. Es más bien una manera de estar en el mundo: con cierta torpeza, bastante imaginación y ese empeño raro de querer parecer serio mientras se hace el tonto sin querer.
¿Y qué hace un zangolotino o una zangolotina?
Pues zangolotear: caminar como quien baila sin saberlo, equivocarse con gracia y reírse antes de pedir disculpas. Siempre al borde del tropiezo, pero sin perder el estilo.
Porque, al final, casi todos —aunque no lo confesemos— hemos sido zangolotinos alguna vez. Y a algunos, de vez en cuando… todavía nos da el aire.



