En los confines de este lugar mágico, los nocuentos y las deshistorias encuentran su morada. Aquí nace mi Universo Azul: un espacio donde la imaginación navega en caracolas aladas y la fantasía se cuela, suave, entre la realidad y los sueños.

19 de agosto de 2026

El silencio que me habita

 Aquella noche, el bosque no hizo ruido.

Ni una rama, ni un insecto, ni el más leve crujido.
Caminé pensando que estaba sola
hasta que algo, desde dentro de mí,
susurró:

—Por fin has llegado.

No supe si detenerme o seguir.
El aire aguardaba. El camino también.

Entonces comprendí que no era el bosque quien había callado.
Era yo quien, por primera vez, había dejado de hacer ruido por dentro.

Y en ese silencio —nuevo, intacto—
algo empezó a nombrarme sin palabras.

Mujer caminando por un sendero forestal
1883 / Vasily Polenov


5 de agosto de 2026

Donde el mar no suena igual

Hay sonidos que no vienen de fuera.

La caracol / César Ayllón

Aquella noche oí al mar dentro de una caracola.
No traía olas, ni espuma, ni sal.
Traía mi nombre,
pronunciado como si siempre hubiera vivido allí.

Me quedé en silencio, sosteniéndola entre los dedos, como si cualquier movimiento pudiera romper ese hilo invisible que acababa de tenderse entre su mundo y yo. No supe en qué momento dejó de ser un objeto para convertirse en una presencia. Solo supe que estaba escuchando algo que no debía tener voz.

La acerqué un poco más.
Entonces el aire cambió de textura, como si se hubiera vuelto más antiguo, extrañamente ancestral.

Al otro lado, algo guardó silencio,
como si supiera que lo estaba escuchando.
Y fue ahí cuando dudé por primera vez: no de lo que oía, sino de lo que había dentro de mí que reconocía aquel sonido.

Desde entonces, cuando la abro, el mar ya no responde igual.
A veces tarda demasiado.
A veces parece buscarme antes de contestar.

Y hay noches en las que no sé si es la caracola la que suena…
o si soy yo la que ha empezado a escuchar desde dentro. 

… porque ya no suena igual.

Desde entonces, el silencio ya no está vacío…
solo espera.

14 de junio de 2026

Cosa de estar, no de llegar

Anoche sembré un sueño en el jardín.
Esta mañana había crecido una escalera.
No sé adónde lleva,
pero huele a cielo…
y a gloria.

Al principio dudé. No por miedo, sino por ese temblor leve que tienen las cosas que importan. La primera madera crujió bajo mis pies como si despertara conmigo, y el aire empezó a volverse más claro a cada peldaño.
No había prisa. Cada paso era una pregunta sin respuesta, y, sin embargo, todo parecía saber a dónde iba. A mitad de camino, miré hacia abajo: el jardín ya no era jardín, sino un recuerdo verde que respiraba despacio.

Seguí subiendo. Y entonces lo entendí: 
La escalera no llevaba a ningún lugar.
La escalera era el lugar.
Porque en cada peldaño dejaba algo que pesaba, y en cada altura nacía algo que aún no sabía nombrar.

Cuando llegué arriba —si es que había un arriba—, no encontré puertas ni cielos abiertos, solo una luz tibia que me reconocía.
Y supe, sin necesidad de palabras, que hay sueños que no se cumplen:
se habitan.

La luna, la liebre y el mirlo / Amanda Clark

1 de marzo de 2026

Donde habita el eco

Aquella noche el viento llamó a mi ventana. No traía frío ni tormenta, solo un nombre que no supe pronunciar —aunque, no me era ajeno—. La cortina se estremeció apenas, como si alguien hubiera cruzado el umbral sin cuerpo. El aire cambió de peso. Olía a tierra húmeda y a memoria que no quería ser olvidada, a algo que había esperado mucho tiempo para regresar.

No vi nada. Pero supe que estaba. Se deslizó por la habitación como si conociera el camino, como si hubiera estado antes entre mis sombras. En un parpadeo tuve la impresión de verla, al menos eso me pareció. Se detuvo ante mis libros, recorriéndolos con una curiosidad lenta —como si buscara en ellos su propia historia o despertase en ella una memoria de siglos o, mejor aún, reconociendo ese rastro humano que reclamaba como propio, como si pudieran ser las únicas anclas que le permitieran volver, o simplemente le gustara el eco de mi mano sobre los lomos—. Me miró, y no temí. Fue algo fugaz, como el roce de dos almas atemporales que se habían encontrado al fin. Luego, se detuvo en el borde de la cama y, tras un respiro —que no sé si fue eterno—, se sentó en ella; parecía recordar exactamente dónde habitar. No pidió permiso. No hizo preguntas. Solo dejó su latido suspendido en el aire.

Desde entonces, cada vez que cierro los ojos… alguien responde. No con palabras, sino con esa certeza tibia que se posa en el pecho cuando lo invisible decide quedarse, aunque a otros les horrorice y les congele el alma.

 Les yeux clos / 1890 / Odilon Redon

Ahora ya no hay silencio. Solo una respiración que acompaña la mía, y a veces pronuncia mi nombre mientras las páginas de algún libro pasan entre mis manos. 

Por eso, en este leer juntas, mi biblioteca ha dejado de ser un refugio de papel y se ha convertido en un mapa de ecos, en una geografía de voces que antes yo no sabía escuchar. 

Su compañía ha despertado un interés nuevo en cada rincón. Es un aire nuevo en mi vida, entre estas paredes que eran mi prisión. Me guía, con la levedad de un suspiro que apenas roza el aire, hacia esos libros que siempre habitaron mis estantes como centinelas mudos, como guardianes de un secreto sepultado bajo el peso de los años, envueltos en un tiempo que mis ojos no sabían descifrar, en un idioma que mi alma aún no recordaba. Con su mirada invisible, he aprendido a rescatarlos del olvido; a sacarlos de su exilio de polvo, para transformarlos en una compañía necesaria, en un diálogo que no conoce final. 

Me ha enseñado, desde ese conocimiento antiguo, a comprender que amar un libro no es solo recorrer sus letras, sino dejarse habitar por su sombra, dejarse herir por su luz, dejarse envolver por ese rastro de eternidad que se revela más allá de nuestros ojos.


↓↓↓ Notas de interés a pie de página ↓↓↓