Más allá de lo evidente, donde los nocuentos y
las deshistorias tejen su refugio, nace mi Universo Azul.

Un latido propio donde la imaginación navega en caracolas aladas
y la fantasía se desliza, suave, entre la realidad y los sueños.

Un lugar para quedarse a vivir, un secreto entre las nubes.
Un pequeño refugio para quienes aún saben soñar.

7 de octubre de 2026

El pueblo de Las Manías Lentas

No me preguntes por qué río sola. Es que me ha dado el aire, ese que sopla desde el pueblo de Las Manías Lentas, donde tropezar es un arte y crecer es solo una opción que nadie se toma en serio.
Allí, por ejemplo, los relojes bostezan antes de dar la hora, y si no les apetece, se quedan en las cuatro y cuarto durante días. 
Nadie se queja. Total, ¿para qué? 
Las puertas no se abren: se convencen. Y las escaleras, si no les caes bien, te cambian los peldaños de sitio para que subas pensando que bajas. O al revés, que también tiene su gracia.

Fui una vez. O eso creo. Porque en Las Manías Lentas las visitas no llegan: se van dejando caer poco a poco, como una hoja que decide ser suelo.
Yo llegué sin darme cuenta, que es la única forma de llegar. Iba con prisa —como siempre— y tropecé. Pero no fue un tropezón cualquiera, no. Fue de esos que tienen aplauso. Y allí estaban: una señora con sombrero torcido, un banco de madera y un perro que parecía saber latín, aplaudiendo muy despacio, como si no quisieran despertar al aire.

—Bien hecho —me dijeron—. Ya casi sabes caer.

Intenté levantarme rápido, pero el suelo se me adelantó y me sostuvo antes de que yo lo decidiera. Eso me desconcertó un poco, para qué mentir. Recuerdo que quise correr, pero alguien me tocó el hombro —muy despacio, como si no quisiera interrumpir el silencio— y me dijo:

—Aquí no corremos. Aquí dejamos que las cosas nos alcancen.

En viaje / 1968 / Bridget Bate Tichenor

Luego pasó algo raro: se me olvidó correr. No de golpe, claro. Primero se me aflojaron las prisas, luego se me desordenaron las ganas… y al final me encontré andando sin rumbo, que es una forma muy elegante de no ir a ninguna parte.
Y, entre unas cosas y otras, claro… las cosas me alcanzaron.
Primero, una risa. Luego otra. Después, un tropiezo tan perfecto que vitorearon tres señoras y un farol. Y al final… una especie de alegría rara, de esas que no hacen ruido pero se quedan a vivir en el pecho.

Cuando me fui —o cuando el pueblo decidió soltarme— el aire se vino conmigo. Desde entonces, a veces me despeina por dentro y me da por reír sola, así, sin aviso.
Si un día te pasa, no te asustes. Puede que Las Manías Lentas te esté buscando.
Y si te encuentra… no corras.
Aquí, como allí, lo importante no es llegar. Es dejarse alcanzar.

30 de septiembre de 2026

Pastel Mil Maravillas y ciento raras

Esta es una antiquísima receta transmitida por los ancestros desde lo profundo del mundo mágico. Cada receta guardada en el Libro Mágico, cuyo interior tiene vida propia, esconde poderes especiales y asombrosos. 
Sin embargo, quiero advertirte que no basta con conseguir los ingredientes, pues solo los seres de alma pura y corazón noble serán capaces de revelar su verdadero propósito. 

Vía Pinterest

Así que, si te atreves
 a adentrarte en este reino de fantasía y misterio, deja volar tu imaginación y prepárate para experimentar la magia que se oculta entre las páginas encantadas de este libro. Ponte el gorro, lávate bien las manos y empezamos, pero antes lee todo bien, porque vas a necesitar utensilios que no te pongo en la lista. Esto no es «¡uy, ahora me falta esto.. y esto!». No, que la magia no tiene tanta paciencia.

► Dificultad: Ahí le hemos dado. Según la imaginación que le eches.

► Tiempo de preparación: Al menos un rato y tres cuartos, teniendo en cuenta que has de recoger el sol de todo un día en un puchero.

► Ingredientes

  • 1 taza de suspiros de estrellas. 
  • 3 cucharadas de polvo de arcoíris brillante.
  • 2 huevos de dragón (¡no te preocupes, son de chocolate!).
  • 1 cucharadita de esencia de auroras boreales.
  • 1 pizca de caos encantado (este ingrediente es el más fácil de encontrar, pero ve con ojo avizor porque hay caos reales y caos de imitación). 
    Para la decoración: Destellos de estrellas y un par de rodajas de velo de luna llena. Si no tienes luna llena, de otro estilo, menos menguante porque no te lucirá nada.

► Elaboración: 

Sobre una piedra, pon el puchero de sol a la luz de la luna llena para que el frío de la noche atrape el calor del día. No lo destapes todavía. Engrasa el molde con polvo de arcoíris brillante para que el pastel adquiera un brillo mágico y ponlo como tapa del puchero para que vaya cogiendo temperatura. 

Y empezamos con talento:

En un bol —más o menos del tamaño de un sombrero de duende—, bate los suspiros de estrellas hasta que se vuelvan etéreos y esponjosos. Si no tienes tenedor de plata, con uno normal te valdrá, pero igual el pastel te sabe a rayos.

Agrega los huevos de dragón uno por uno —si te resulta más fácil, puedes trocearlos con la mano—, mezclando con un toque de patafísica —ya sabes, como bien puedas— hasta que obtengas una masa misteriosamente encantadora. 

Incorpora la esencia de las auroras boreales para darle un toque de misticismo —si no sabes qué es, vale con cerrar los ojos y pedirle un deseo a una bombilla. Algo te iluminará.

Añade la pizca de caos encantado y mezcla con un giro de tu varita mágica. Si ves que la mezcla está un poco espesa, dale un par de giros más, suavemente, y si te sale como crujiente, ¡tate! te lo han dado de imitación.

Vierte la mezcla en el molde. Deja reposar unos instantes —los justos para rascarte la nariz sin usar los dedos— y ya puedes colocarlo sobre el puchero de sol. Verás que sube un poco, pero no te preocupes que no se escapará. Deja que se cueza durante un rato impreciso, hasta que el pastel brille y desprenda un aroma celestial, de esos que te hacen salivar y soñar con los ojos abiertos.

Decora esparciendo por encima los destellos de estrellas y coloca las rodajas de velo de luna llena. 



Te aseguro que cada bocado será un viaje a través de los sueños —si tienes el corazón limpio y los pies sin calcetines—, así que rechupeteate los dedos y ya te puedes echar a dormir y ¡¡a soñar bonito!!

Midjourney

20 de septiembre de 2026

La Libélula, de viento y agua

La Libélula del Oeste apareció con los primeros brotes de la primavera. Sus alas se confundían con el cabritear del agua sobre las piedras, como una semilla de mercurio latiendo encima de la hojarasca verde. 
La observé. 
Callada. 
Detuvo su vuelo cerca de la orilla para posarse en una fina brizna de hielo que se resistía al sol. Salí corriendo, impregnándome del aroma a monte, a hierba de las heridas, a pino y a tierra.  Ahí estaba, en una quietud perfecta. Y aquel destello de viento y agua, como la runa de mi bolsillo, se había hecho escarcha.

(98 palabras)

Mujer libélula / 1961 / Remedios Varo 



Runa Isa, de madera
"Escribir Jugando" es un reto mensual de escritura creativa. Lo organiza la escritora Lidia Castro Navas desde su blog y consiste en microrrelatos o poesías con límite de 100 palabras inspirándonos en una carta propuesta y el dado o imagen que la acompaña.

Reto opcional:  Que aparezca algo relacionado con la esencia de Agrimony, a la que también se le conoce en algunos lugares como hierba de las heridas. mermasangre, hierba de San Guillermo, etc.

9 de septiembre de 2026

Zango y Lotino

(o el arte de no creer del todo)

Zango era larguirucho, como una espiga sin trigo, y Lotino caminaba como un calcetín sin su par. Iban siempre juntos, como la risa y el tropiezo. Decían que venían del pueblo de Las Manías Lentas, donde todo se hacía tarde y mal, pero con una gracia que nadie podía imitar.

—¡Camina recto, Zango! —decía Lotino—. Pareces un junco que quiere ser flamenco.

—Y tú, Lotino, de tanto hacer reverencias, un día te vas a quedar doblao.

Eran inseparables. A veces fingían ser señores importantes con sombrero imaginario, o filósofos de charco, dando discursos a los gorriones. Pero no podían engañar a nadie: eran dos zangolotinos de libro.

Les gustaba subirse a los bancos de la plaza y recitar poemas sin rima, perseguir sombras creyendo que eran secretos y preguntarle a la luna si se podía aprender a ser adulto sin dejar de ser niño.

Una tarde, de esas locas suyas, cuando el sol empieza a ponerse y la luna remenea su falda de tules, el viento los vio tropezar con un suspiro. Les mandó un buen soplido que los envolvió de risa, los revolcó por el suelo como si fueran un par de estepircusores y les susurró:

—No hay prisa por crecer si sabéis bailar con el desatino.

Y desde entonces, a quien veas haciendo tonterías con elegancia, riendo sin medida o jugando con palabras inventadas, di con ternura:

—Buah… a otro que le ha dado un aire.

 Personajes y perro delante del sol / 1949 / Joan Miró (tapiz)

Zangolotino es una palabra que no avisa, y la mar de molona. Aparece cuando alguien anda un poco torcido, ríe donde no toca o se empeña en crecer sin dejar de tropezar. Tiene algo juguetón y un punto de desequilibrio, como si al decirla también se te fuera el pie. 

No es exactamente un insulto, ni una etiqueta, ni una edad. Es más bien una manera de estar en el mundo: con cierta torpeza, bastante imaginación y ese empeño raro de querer parecer serio mientras se hace el tonto sin querer.

¿Y qué hace un zangolotino o una zangolotina?
Pues zangolotear: caminar como quien baila sin saberlo, equivocarse con gracia y reírse antes de pedir disculpas. Siempre al borde del tropiezo, pero sin perder el estilo.

Porque, al final, casi todos —aunque no lo confesemos— hemos sido zangolotinos alguna vez. Y a algunos, de vez en cuando… todavía nos da el aire.



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