En los confines de este lugar mágico, los nocuentos y las deshistorias encuentran su morada. Aquí nace mi Universo Azul: un espacio donde la imaginación navega en caracolas aladas y la fantasía se cuela, suave, entre la realidad y los sueños.

9 de septiembre de 2026

Zango y Lotino

(o el arte de no creer del todo)

Zango era larguirucho, como una espiga sin trigo, y Lotino caminaba como un calcetín sin su par. Iban siempre juntos, como la risa y el tropiezo. Decían que venían del pueblo de Las Manías Lentas, donde todo se hacía tarde y mal, pero con una gracia que nadie podía imitar.

—¡Camina recto, Zango! —decía Lotino—. Pareces un junco que quiere ser flamenco.

—Y tú, Lotino, de tanto hacer reverencias, un día te vas a quedar doblao.

Eran inseparables. A veces fingían ser señores importantes con sombrero imaginario, o filósofos de charco, dando discursos a los gorriones. Pero no podían engañar a nadie: eran dos zangolotinos de libro.

Les gustaba subirse a los bancos de la plaza y recitar poemas sin rima, perseguir sombras creyendo que eran secretos y preguntarle a la luna si se podía aprender a ser adulto sin dejar de ser niño.

Una tarde, de esas locas suyas, cuando el sol empieza a ponerse y la luna remenea su falda de tules, el viento los vio tropezar con un suspiro. Les mandó un buen soplido que los envolvió de risa, los revolcó por el suelo como si fueran un par de estepircusores y les susurró:

—No hay prisa por crecer si sabéis bailar con el desatino.

Y desde entonces, a quien veas haciendo tonterías con elegancia, riendo sin medida o jugando con palabras inventadas, di con ternura:

—Buah… a otro que le ha dado un aire.

 Personajes y perro delante del sol / 1949 / Joan Miró (tapiz)

Zangolotino es una palabra que no avisa, y la mar de molona. Aparece cuando alguien anda un poco torcido, ríe donde no toca o se empeña en crecer sin dejar de tropezar. Tiene algo juguetón y un punto de desequilibrio, como si al decirla también se te fuera el pie. 

No es exactamente un insulto, ni una etiqueta, ni una edad. Es más bien una manera de estar en el mundo: con cierta torpeza, bastante imaginación y ese empeño raro de querer parecer serio mientras se hace el tonto sin querer.

¿Y qué hace un zangolotino o una zangolotina?
Pues zangolotear: caminar como quien baila sin saberlo, equivocarse con gracia y reírse antes de pedir disculpas. Siempre al borde del tropiezo, pero sin perder el estilo.

Porque, al final, casi todos —aunque no lo confesemos— hemos sido zangolotinos alguna vez. Y a algunos, de vez en cuando… todavía nos da el aire.


19 de agosto de 2026

El silencio que me habita

 Aquella noche, el bosque no hizo ruido.

Ni una rama, ni un insecto, ni el más leve crujido.
Caminé pensando que estaba sola
hasta que algo, desde dentro de mí,
susurró:

—Por fin has llegado.

No supe si detenerme o seguir.
El aire aguardaba. El camino también.

Entonces comprendí que no era el bosque quien había callado.
Era yo quien, por primera vez, había dejado de hacer ruido por dentro.

Y en ese silencio —nuevo, intacto—
algo empezó a nombrarme sin palabras.

Mujer caminando por un sendero forestal
1883 / Vasily Polenov


5 de agosto de 2026

Donde el mar no suena igual

Hay sonidos que no vienen de fuera.

La caracol / César Ayllón

Aquella noche oí al mar dentro de una caracola.
No traía olas, ni espuma, ni sal.
Traía mi nombre,
pronunciado como si siempre hubiera vivido allí.

Me quedé en silencio, sosteniéndola entre los dedos, como si cualquier movimiento pudiera romper ese hilo invisible que acababa de tenderse entre su mundo y yo. No supe en qué momento dejó de ser un objeto para convertirse en una presencia. Solo supe que estaba escuchando algo que no debía tener voz.

La acerqué un poco más.
Entonces el aire cambió de textura, como si se hubiera vuelto más antiguo, extrañamente ancestral.

Al otro lado, algo guardó silencio,
como si supiera que lo estaba escuchando.
Y fue ahí cuando dudé por primera vez: no de lo que oía, sino de lo que había dentro de mí que reconocía aquel sonido.

Desde entonces, cuando la abro, el mar ya no responde igual.
A veces tarda demasiado.
A veces parece buscarme antes de contestar.

Y hay noches en las que no sé si es la caracola la que suena…
o si soy yo la que ha empezado a escuchar desde dentro. 

… porque ya no suena igual.

Desde entonces, el silencio ya no está vacío…
solo espera.

14 de junio de 2026

Cosa de estar, no de llegar

Anoche sembré un sueño en el jardín.
Esta mañana había crecido una escalera.
No sé adónde lleva,
pero huele a cielo…
y a gloria.

Al principio dudé. No por miedo, sino por ese temblor leve que tienen las cosas que importan. La primera madera crujió bajo mis pies como si despertara conmigo, y el aire empezó a volverse más claro a cada peldaño.
No había prisa. Cada paso era una pregunta sin respuesta, y, sin embargo, todo parecía saber a dónde iba. A mitad de camino, miré hacia abajo: el jardín ya no era jardín, sino un recuerdo verde que respiraba despacio.

Seguí subiendo. Y entonces lo entendí: 
La escalera no llevaba a ningún lugar.
La escalera era el lugar.
Porque en cada peldaño dejaba algo que pesaba, y en cada altura nacía algo que aún no sabía nombrar.

Cuando llegué arriba —si es que había un arriba—, no encontré puertas ni cielos abiertos, solo una luz tibia que me reconocía.
Y supe, sin necesidad de palabras, que hay sueños que no se cumplen:
se habitan.

La luna, la liebre y el mirlo / Amanda Clark

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