Dormí como un lirón. Al despertar, todavía no había amanecido —pero los nervios por la llegada de los Reyes palpitaban en mí—, envuelta en un amasijo de sábanas y mantas, encontré algo inesperado bajo la almohada: una pluma ligera, tan blanca como el suspiro de una nube, envuelta en un hilo dorado que brillaba con un destello suave, casi mágico. No era una pluma cualquiera; parecía un fragmento caído de algún sueño olvidado, quizás tejido por los hilos invisibles de la luna o de algún duende que tenía como mascotas gusanos de seda mágicos.
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Desde ese día, cada noche he soñado que vuelo entre cielos estrellados, enredada en caminos de luz que solo las plumas conocen. Y cuando amanece, esa magia callada se queda conmigo, pues siempre encuentro pequeñas plumas desperdigadas por las sábanas, como un rastro de aquellos vuelos invisibles.
Así aprendí que a veces la magia no llega envuelta en grandes sorpresas, sino en pequeños detalles que invitan a soñar despiertos, bajo la mirada atenta y protectora de la luna azul y de quien, sin decir nada, te quiere como a su propia vida.
Y aún hoy, cuando la noche se hace más profunda y el silencio abraza la casa, escucho la voz de mi abuelo resonando en la memoria, un susurro cálido que dice:
“Recuerda, pequeña, que la verdadera magia nunca se pierde, solo cambia de forma y se queda contigo, en el latido escondido del corazón.”






