Allí, por ejemplo, los relojes bostezan antes de dar la hora, y si no les apetece, se quedan en las cuatro y cuarto durante días.
Fui una vez. O eso creo. Porque en Las Manías Lentas las visitas no llegan: se van dejando caer poco a poco, como una hoja que decide ser suelo.
Yo llegué sin darme cuenta, que es la única forma de llegar. Iba con prisa —como siempre— y tropecé. Pero no fue un tropezón cualquiera, no. Fue de esos que tienen aplauso. Y allí estaban: una señora con sombrero torcido, un banco de madera y un perro que parecía saber latín, aplaudiendo muy despacio, como si no quisieran despertar al aire.
—Bien hecho —me dijeron—. Ya casi sabes caer.
Intenté levantarme rápido, pero el suelo se me adelantó y me sostuvo antes de que yo lo decidiera. Eso me desconcertó un poco, para qué mentir. Recuerdo que quise correr, pero alguien me tocó el hombro —muy despacio, como si no quisiera interrumpir el silencio— y me dijo:
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| En viaje / 1968 / Bridget Bate Tichenor |
Primero, una risa. Luego otra. Después, un tropiezo tan perfecto que vitorearon tres señoras y un farol. Y al final… una especie de alegría rara, de esas que no hacen ruido pero se quedan a vivir en el pecho.
Si un día te pasa, no te asustes. Puede que Las Manías Lentas te esté buscando.
Y si te encuentra… no corras.
Aquí, como allí, lo importante no es llegar. Es dejarse alcanzar.



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