Más allá de lo evidente, donde los nocuentos y
las deshistorias tejen su refugio, nace mi Universo Azul.

Un latido propio donde la imaginación navega en caracolas aladas
y la fantasía se desliza, suave, entre la realidad y los sueños.

Un lugar para quedarse a vivir, un secreto entre las nubes.
Un pequeño refugio para quienes aún saben soñar.

28 de octubre de 2026

Nueit d'almetas

Cuando las hojas empiezan a clarear los bosques del Pirineo y el cierzo del otoño corta la cara, sabemos que se acerca una noche especial. No es una importación, no lleva prisa, ni necesita luces de neón. Es la Noche de las Ánimas, una tradición aragonesa milenaria que late con fuerza en el corazón de los pueblos, y que rinde respeto a los que ya no están.
No nos disfrazamos ni  pedimos chuches. Sentimos a los muertos.

The Bridge / Alexander Jansson

Las Almetas y el camino de luz

Lejos del "truco o trato", en Aragón el rito siempre fue más íntimo y telúrico. Esta noche, las almetas (las almas de los difuntos que no pueden ir ni al cielo ni al infierno por haber tenido una muerte violenta o haber dejado en vida algo importante por hacer) obtienen permiso para transitar el mundo de los vivos y regresar, por unas horas, a sus antiguos hogares. Se las ve luminosas, blancas, y portando dos cirios —bueno, más que verse, se huelen—. Pero, ¡ojo!, si eres tan valiente como para ir a su encuentro —tienen cánticos como la sirenas para atraerte—, no se te ocurra cogerles uno de los cirios, porque te lo van a ofrecer. Estás perdido como lo hagas, ¿por qué? porque pasarás a ocupar su lugar en tan triste comitiva.
Para ayudarlas en este viaje, la costumbre manda vaciar calabazas, tallarles rostros y colocarles una vela dentro. Estas calaveras de calabaza no buscan asustar por diversión; se colocaban en los muros, ventanas y cruces de caminos para servir de faro y proteger los hogares. Una guía mística para que las almetas no se pierdan en la oscuridad de la noche y encuentren el camino de vuelta al camposanto que, a mejor lugar, es donde deben estar.

Ilustración digital de estilo gótico y dark academia
—sacada de alguna parte.
En las casas nunca se cierran las puertas y ventanas esta noche para que el alma no se quede atrapada y se cubren con paños negros los espejos para que, por un casual, no se enreden en el reflejo.
Pero hay un remedio que no falla para curarse de la posesión de un alma. ¿Te lo imaginas? Comer judías secas esta noche. Solo apañadas con aceite y un refrito de cebolla. Ya sabes el efecto secundario de esta legumbre. Así que, para que no quepa un alma en nuestro cuerpo, mejor es llenarlo de aire. Y si por casualidad eres agraciado con esa invasión, puedes quedarte tranquilo porque seguro que en algún momento, sí o sí, va a salir. 
Solución perfecta. Sin duda alguna.
Es muy curioso, pero no sé si habrás visto en la entrada de algunos cementerios, unos montoncitos de piedras. Te preguntarás ¿por qué? ¿para qué? Como estas almas viven cerca de sus cuerpos hasta que sean redimidas y puedan subir o bajar, la explicación es clara: hay que tirar una piedra al montón para que alguna alma en pena no te arrastre a ti a la muerte. Por eso en algunos sitios de mi querida tierra altoaragonesa hay un dicho que menta: «estar a tres pedretas», lo que en otras partes es que te queden dos telediarios. 
El guardián del cementerio
Pero las almetas no caminan solas. En la tradición, la comitiva está encabezada por una figura fascinante y misteriosa: el Totón.
La leyenda cuenta que el Totón es la última persona que ha sido enterrada en el cementerio de la localidad. Su alma asume una misión sagrada: convertirse en el guardián de las puertas del camposanto. Esta noche, llevando un solo cirio, es el encargado de abrir las rejas, organizar la procesión y liderar a las almetas en un riguroso y respetuoso silencio por las calles del pueblo. 
Vigila el umbral entre la vida y la muerte, asegurándose de que todas las almas regresen a su descanso antes de que despunte el alba del Día de Todos los Santos.
¿Imaginas que te digan totón?
Lo hermoso de estas tradiciones es cómo calan en nuestro lenguaje diario, a veces perdiendo el origen pero manteniendo la esencia. ¿Has escuchado alguna vez decir «eres más feo que un totón» o «vaya cara de totón que llevas»? Y ya no te digo decir o escuchar «¡menudo totonizo», esto ya es lo más de lo más.
Ahora ya sabes de dónde viene. Al ser el Totón el habitante del cementerio, el custodio de los muertos y un ser lúgubre por definición, el imaginario popular aragonés adoptó su nombre para describir de forma cariñosa (o no tanto) a alguien asustadizo, feo o que va hecho un adefesio.
O cuando éramo niños nos decían: «Duerme o vendrá en totón y se te llevará». ¡Cómo para dormir así!
Un juego para la noche de Difuntos
Para mantener viva la llama de esta noche, te propongo un juego. Comparte esta adivinanza con los niños de la casa, a ver si son capaces de adivinar qué misterio esconde nuestro folklore:

Ni vivo ni muerto, vigilo el umbral,
entre los cipreses de un viejo lugar.
No busco oraciones, no sigo la luz,
mi hogar es la tierra que esconde la cruz.
Guío los pasos de la procesión
y custodio el descanso con esmero y devoción.

 

Totón onírico generado con ayuda de IA Gemini para esta historia.

Este año, apaguemos el ruido de fuera. Encendamos una vela en una calabaza, guardemos un minuto de respetuoso silencio por los que se fueron y miremos de reojo a las esquinas oscuras... por si el Totón está haciendo su ronda.
Si te das de bruces con él (o ella) te aseguro que el susto es majo —por no decir, morrocotudo.

19 de octubre de 2026

El eco de las palabras

Hay palabras que no se quedan quietas en el papel; resuenan igual que el eco lejano del mar dentro de una caracola, cobijo de secretos en su profunda sombra. Justo allí, donde late el rumor de todos los pulsos de quienes dieron nombre a las olas.

«Llevo mi universo dentro de mí, en la luz que nadie puede apagar».
— Carmen Conde

A veces me pregunto dónde se escondían las palabras de aquellas mujeres cuando la casa quedaba en silencio. Si las guardaban bajo la almohada, junto al dedal o en la rendija de un cajón cerrado con llave. Imagino sus manos —con olor a pan o a tinta— trazando surcos invisibles sobre el papel fino como si tejieran un jersey, buscando entre los recovecos un rincón, un universo azul, donde la propia voz no resultara un estruendo. 

Escribir era, entonces, un modo de no borrarse. De dejar una huella limpia. Hoy… también lo es.

«Caminos que no existen hasta que los trazamos con la tinta».
— Concha Méndez

No resultó fácil, pero no imposible. Y de ellas, las otras; las que dibujaron las palabras más altas entre las miradas que no sabían entenderlas; las que se atrevieron, por puro valor más que por rebeldía, a hacer de su alianza y su amistad, un tributo literario.

«Guardamos en las manos el calor de las páginas que nos hicieron libres».
— María Teresa de León

Y aquí andamos hoy, con el olor del papel que amarillea,  el aroma de las páginas frescas o el brillo digital que no guarda perfume, pero sí memoria. Y con el nombre de mujer bien alto para escuchar el mar de letras y sentimientos que prendieron la marea. Toca poner el oído. Sostener esa marea con nuestro recuerdo y gratitud y nombrar la luz con la que nos alumbraron. Porque hay ecos que no se apagan nunca. No mientras haya alguien que guarde la orilla. No mientras haya un espacio donde el tiempo no pesa y la palabra se vuelve horizonte. — Ernestina de Champourcín.
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19 de octubre Os deseo un feliz Día de las Escritoras
Idea original y latido propio; eco digital para el papel.
Perspectiva sobre la memoria de Maeztu.

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Lyceum Club Femenino
1904, Londres.
1926-1939, Madrid. Fundado por pioneras como María de Maeztu, Zenobia Camprubí, Victoria Kent, Victoria Durán, Clara Campoamor, Elena Fortún o Matilde Huici, fue el primer espacio de libertad intelectual para las mujeres en España.

7 de octubre de 2026

El pueblo de Las Manías Lentas

No me preguntes por qué río sola. Es que me ha dado el aire, ese que sopla desde el pueblo de Las Manías Lentas, donde tropezar es un arte y crecer es solo una opción que nadie se toma en serio.
Allí, por ejemplo, los relojes bostezan antes de dar la hora, y si no les apetece, se quedan en las cuatro y cuarto durante días. 
Nadie se queja. Total, ¿para qué? 
Las puertas no se abren: se convencen. Y las escaleras, si no les caes bien, te cambian los peldaños de sitio para que subas pensando que bajas. O al revés, que también tiene su gracia.

Fui una vez. O eso creo. Porque en Las Manías Lentas las visitas no llegan: se van dejando caer poco a poco, como una hoja que decide ser suelo.
Yo llegué sin darme cuenta, que es la única forma de llegar. Iba con prisa —como siempre— y tropecé. Pero no fue un tropezón cualquiera, no. Fue de esos que tienen aplauso. Y allí estaban: una señora con sombrero torcido, un banco de madera y un perro que parecía saber latín, aplaudiendo muy despacio, como si no quisieran despertar al aire.

—Bien hecho —me dijeron—. Ya casi sabes caer.

Intenté levantarme rápido, pero el suelo se me adelantó y me sostuvo antes de que yo lo decidiera. Eso me desconcertó un poco, para qué mentir. Recuerdo que quise correr, pero alguien me tocó el hombro —muy despacio, como si no quisiera interrumpir el silencio— y me dijo:

—Aquí no corremos. Aquí dejamos que las cosas nos alcancen.

En viaje / 1968 / Bridget Bate Tichenor

Luego pasó algo raro: se me olvidó correr. No de golpe, claro. Primero se me aflojaron las prisas, luego se me desordenaron las ganas… y al final me encontré andando sin rumbo, que es una forma muy elegante de no ir a ninguna parte.
Y, entre unas cosas y otras, claro… las cosas me alcanzaron.
Primero, una risa. Luego otra. Después, un tropiezo tan perfecto que vitorearon tres señoras y un farol. Y al final… una especie de alegría rara, de esas que no hacen ruido pero se quedan a vivir en el pecho.

Cuando me fui —o cuando el pueblo decidió soltarme— el aire se vino conmigo. Desde entonces, a veces me despeina por dentro y me da por reír sola, así, sin aviso.
Si un día te pasa, no te asustes. Puede que Las Manías Lentas te esté buscando.
Y si te encuentra… no corras.
Aquí, como allí, lo importante no es llegar. Es dejarse alcanzar.

30 de septiembre de 2026

Pastel Mil Maravillas y ciento raras

Esta es una antiquísima receta transmitida por los ancestros desde lo profundo del mundo mágico. Cada receta guardada en el Libro Mágico, cuyo interior tiene vida propia, esconde poderes especiales y asombrosos. 
Sin embargo, quiero advertirte que no basta con conseguir los ingredientes, pues solo los seres de alma pura y corazón noble serán capaces de revelar su verdadero propósito. 

Vía Pinterest

Así que, si te atreves
 a adentrarte en este reino de fantasía y misterio, deja volar tu imaginación y prepárate para experimentar la magia que se oculta entre las páginas encantadas de este libro. Ponte el gorro, lávate bien las manos y empezamos, pero antes lee todo bien, porque vas a necesitar utensilios que no te pongo en la lista. Esto no es «¡uy, ahora me falta esto.. y esto!». No, que la magia no tiene tanta paciencia.

► Dificultad: Ahí le hemos dado. Según la imaginación que le eches.

► Tiempo de preparación: Al menos un rato y tres cuartos, teniendo en cuenta que has de recoger el sol de todo un día en un puchero.

► Ingredientes

  • 1 taza de suspiros de estrellas. 
  • 3 cucharadas de polvo de arcoíris brillante.
  • 2 huevos de dragón (¡no te preocupes, son de chocolate!).
  • 1 cucharadita de esencia de auroras boreales.
  • 1 pizca de caos encantado (este ingrediente es el más fácil de encontrar, pero ve con ojo avizor porque hay caos reales y caos de imitación). 
    Para la decoración: Destellos de estrellas y un par de rodajas de velo de luna llena. Si no tienes luna llena, de otro estilo, menos menguante porque no te lucirá nada.

► Elaboración: 

Sobre una piedra, pon el puchero de sol a la luz de la luna llena para que el frío de la noche atrape el calor del día. No lo destapes todavía. Engrasa el molde con polvo de arcoíris brillante para que el pastel adquiera un brillo mágico y ponlo como tapa del puchero para que vaya cogiendo temperatura. 

Y empezamos con talento:

En un bol —más o menos del tamaño de un sombrero de duende—, bate los suspiros de estrellas hasta que se vuelvan etéreos y esponjosos. Si no tienes tenedor de plata, con uno normal te valdrá, pero igual el pastel te sabe a rayos.

Agrega los huevos de dragón uno por uno —si te resulta más fácil, puedes trocearlos con la mano—, mezclando con un toque de patafísica —ya sabes, como bien puedas— hasta que obtengas una masa misteriosamente encantadora. 

Incorpora la esencia de las auroras boreales para darle un toque de misticismo —si no sabes qué es, vale con cerrar los ojos y pedirle un deseo a una bombilla. Algo te iluminará.

Añade la pizca de caos encantado y mezcla con un giro de tu varita mágica. Si ves que la mezcla está un poco espesa, dale un par de giros más, suavemente, y si te sale como crujiente, ¡tate! te lo han dado de imitación.

Vierte la mezcla en el molde. Deja reposar unos instantes —los justos para rascarte la nariz sin usar los dedos— y ya puedes colocarlo sobre el puchero de sol. Verás que sube un poco, pero no te preocupes que no se escapará. Deja que se cueza durante un rato impreciso, hasta que el pastel brille y desprenda un aroma celestial, de esos que te hacen salivar y soñar con los ojos abiertos.

Decora esparciendo por encima los destellos de estrellas y coloca las rodajas de velo de luna llena. 



Te aseguro que cada bocado será un viaje a través de los sueños —si tienes el corazón limpio y los pies sin calcetines—, así que rechupeteate los dedos y ya te puedes echar a dormir y ¡¡a soñar bonito!!

Midjourney


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