Cuando se me cayó el último diente, en la mágica noche de Reyes, esperaba al ratoncito Pérez, ese del que siempre me habían hablado, aunque no había visto más que aquellos que se colaban por debajo de la nevera o armaban jaleo entre la vajilla que se quedaba a escurrir por la noche.
Mientras la casa olía a ilusión y a pasos lejanos que aún no habían llegado, coloqué el diente debajo de la almohada, como me dijo mi abuelo. Pero aquella noche no vino ningún pequeño visitante con bolsa de secretos. Todo estaba en silencio, y la luna vigilaba desde el cielo con sus ojos de gasa plateada, como si alguien más, venido de muy lejos, también estuviera guardando algo invisible, guardiana de un misterio más grande que el de todos los dientes perdidos juntos, oscuro y luminoso como la noche que precede a los regalos.
Dormí como un lirón. Al despertar, todavía no había amanecido —pero los nervios por la llegada de los Reyes palpitaban en mí—, envuelta en un amasijo de sábanas y mantas, encontré algo inesperado bajo la almohada: una pluma ligera, tan blanca como el suspiro de una nube, envuelta en un hilo dorado que brillaba con un destello suave, casi mágico. No era una pluma cualquiera; parecía un fragmento caído de algún sueño olvidado, quizás tejido por los hilos invisibles de la luna o de algún duende que tenía como mascotas gusanos de seda mágicos.
No dije nada a nadie, ni siquiera a mi abuelo, que sabía más que nadie del secreto.
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Por la mañana abrí los regalos de los Reyes, como siempre, entre papeles de colores y sonrisas, con las manos aún torpes de sueño, pero con el corazón distraído en otra cosa, porque mi pensamiento seguía en la ligereza de aquella pluma.
Desde ese día, cada noche he soñado que vuelo entre cielos estrellados, enredada en caminos de luz que solo las plumas conocen. Y cuando amanece, esa magia callada se queda conmigo, pues siempre encuentro pequeñas plumas desperdigadas por las sábanas, como un rastro de aquellos vuelos invisibles.
Desde ese día, cada noche he soñado que vuelo entre cielos estrellados, enredada en caminos de luz que solo las plumas conocen. Y cuando amanece, esa magia callada se queda conmigo, pues siempre encuentro pequeñas plumas desperdigadas por las sábanas, como un rastro de aquellos vuelos invisibles.
Así aprendí que a veces la magia no llega envuelta en grandes sorpresas, sino en pequeños detalles que invitan a soñar despiertos, bajo la mirada atenta y protectora de la luna azul y de quien, sin decir nada, te quiere como a su propia vida.
Y aún hoy, cuando la noche se hace más profunda y el silencio abraza la casa, escucho la voz de mi abuelo resonando en la memoria, un susurro cálido que dice:
“Recuerda, pequeña, que la verdadera magia nunca se pierde, solo cambia de forma y se queda contigo, en el latido escondido del corazón.”
Y así, esa niña que fui sigue viva dentro de mí. Vuela, aunque no sea entre plumas, aunque no sea entre sueños que se cumplen, pero sí entre latidos de esperanza, con la magia callada como un verbo que se conjuga en cada momento… siempre… bajo el halo suave y el brillo perenne de la luna.
Siempre se ha dicho que la noche de Reyes es mágica,
y que su magia no llega envuelta en papel, sino en aquello que aprendemos a guardar en silencio: regalos invisibles que se quedan para siempre, que permanecen,
ligeros como plumas, que nos enseñan a volar,
porque la infancia no se pierde;
solo cambia de forma y aprende a volar distinto.


Y como no podía faltar la magia para esta noche precisamente mágica, se hace presente en este cuento lleno de verdades. La magia está en los detalles significativos, aquellos que solo vemos con los ojos de un niño aún siendo adultos.
ResponderEliminarBeso dulce y Feliz día de Reyes, Mi Estimada Magda.
La magia está en quien la cree, y los niños son dueños de ella.
ResponderEliminarUn precioso cuento, donde nos enseña a no crecer demasiado rápido y conservar por mucho tiempo esa magia de la niñez.
Besotes 😘🦋🎁