Aquella noche el viento llamó a mi ventana.
No traía frío ni tormenta,
solo un nombre que no supe pronunciar —aunque, no me era ajeno—. La cortina se estremeció apenas, como si alguien hubiera cruzado el umbral sin cuerpo. El aire cambió de peso. Olía a tierra húmeda y a memoria que no quería ser olvidada, a algo que había esperado mucho tiempo para regresar.
No vi nada. Pero supe que estaba. Se deslizó por la habitación como si conociera el camino, como si hubiera estado antes entre mis sombras. En un parpadeo tuve la impresión de verla, al menos eso me pareció. Se detuvo ante mis libros, recorriéndolos con una curiosidad lenta —como si buscara en ellos su propia historia o despertase en ella una memoria de siglos o, mejor aún, reconociendo ese rastro humano que reclamaba como propio, como si pudieran ser las únicas anclas que le permitieran volver, o simplemente le gustara el eco de mi mano sobre los lomos—. Me miró, y no temí. Fue algo fugaz, como el roce de dos almas atemporales que se habían encontrado al fin. Luego, se detuvo en el borde de la cama y, tras un respiro —que no sé si fue eterno—, se sentó en ella; parecía recordar exactamente dónde habitar. No pidió permiso. No hizo preguntas. Solo dejó su latido suspendido en el aire.
Desde entonces, cada vez que cierro los ojos… alguien responde. No con palabras, sino con esa certeza tibia que se posa en el pecho cuando lo invisible decide quedarse, aunque a otros les horrorice y les congele el alma.
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| Les yeux clos / 1890 / Odilon Redon |
Ahora ya no hay silencio. Solo una respiración que acompaña la mía, y a veces pronuncia mi nombre mientras las páginas de algún libro pasan entre mis manos.
Por eso, en este leer juntas, mi biblioteca ha dejado de ser un refugio de papel y se ha convertido en un mapa de ecos, en una geografía de voces que antes yo no sabía escuchar.
Su compañía ha despertado un interés nuevo en cada rincón. Es un aire nuevo en mi vida, entre estas paredes que eran mi prisión. Me guía, con la levedad de un suspiro que apenas roza el aire, hacia esos libros que siempre habitaron mis estantes como centinelas mudos, como guardianes de un secreto sepultado bajo el peso de los años, envueltos en un tiempo que mis ojos no sabían descifrar, en un idioma que mi alma aún no recordaba. Con su mirada invisible, he aprendido a rescatarlos del olvido; a sacarlos de su exilio de polvo, para transformarlos en una compañía necesaria, en un diálogo que no conoce final.
Me ha enseñado, desde ese conocimiento antiguo, a comprender que amar un libro no es solo recorrer sus letras, sino dejarse habitar por su sombra, dejarse herir por su luz, dejarse envolver por ese rastro de eternidad que se revela más allá de nuestros ojos.

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Escribir desde el alma del niño que habita dentro nuestro es abrir las alas del adulto que somos.
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