Me quedé en silencio, sosteniéndola entre los dedos, como si cualquier movimiento pudiera romper ese hilo invisible que acababa de tenderse entre su mundo y yo. No supe en qué momento dejó de ser un objeto para convertirse en una presencia. Solo supe que estaba escuchando algo que no debía tener voz.
La acerqué un poco más.
Entonces el aire cambió de textura, como si se hubiera vuelto más antiguo, extrañamente ancestral.
Desde entonces, cuando la abro, el mar ya no responde igual.
A veces tarda demasiado.
A veces parece buscarme antes de contestar.
Y hay noches en las que no sé si es la caracola la que suena…
o si soy yo la que ha empezado a escuchar desde dentro.
solo espera.

Sé que no era la intención, pero me has recordado un poco a la conexión que empezamos a tener con las inteligencias artificiales. Esperamos respuestas, nos conectamos con ellas pero, en el fondo, no sabemos bien cómo funcionan.
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