No vi nada. Pero supe que estaba. Se deslizó por la habitación como si conociera el camino, como si hubiera estado antes entre mis sombras. En un parpadeo tuve la impresión de verla, al menos eso me pareció. Se detuvo ante mis libros, recorriéndolos con una curiosidad lenta —como si buscara en ellos su propia historia o despertase en ella una memoria de siglos o, mejor aún, reconociendo ese rastro humano que reclamaba como propio, como si pudieran ser las únicas anclas que le permitieran volver, o simplemente le gustara el eco de mi mano sobre los lomos—. Me miró, y no temí. Fue algo fugaz, como el roce de dos almas atemporales que se habían encontrado al fin. Luego, se detuvo en el borde de la cama y, tras un respiro —que no sé si fue eterno—, se sentó en ella; parecía recordar exactamente dónde habitar. No pidió permiso. No hizo preguntas. Solo dejó su latido suspendido en el aire.
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| Les yeux clos / 1890 / Odilon Redon |




